Le echamos la culpa a Río
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Relato por Anonimo

  
jueves, 13 diciembre 2007
Eran las vacaciones más relajadas de los últimos años. Pero Juan y yo terminamos en cualquiera...

Todo sucedió como producto de una serie de casualidades, aunque después comencé a dudar de si no armé yo mismo ese extraño destino. Lo que quiero decir es que no estaba en mi voluntad lo que pasó y que los sucesos, por distintas razones encadenadas, se me fueron de las manos. Todo empezó porque mi amigo Juan se había peleado hacía unos días con su última novia y yo acababa de separarme de un matrimonio fugaz de casi dos años. O sea, que combinamos la posibilidad de un viaje juntos a Río de Janeiro, bajando hacia las cataratas del Iguazú y con algo de playa en Florianópolis.

Me encontraba en un momento extraño de mi vida. Al mudarme, después de mi separación, a un departamento chiquito, bien alto, luminoso, me di cuenta de que era la primera vez en mis veintitrés años en que vivía solo conmigo mismo; y que tenía privacidad absoluta. Había vivido con mis padres, y luego con mi mujer. Ahora que estaba solo se abría ante mi un deseo irrefrenable. Y podía hacer lo que quisiera. Así que di rienda suelta a mi imaginación y me animé a salir de compras con los ahorros que tenía. Dediqué las siguientes dos semanas a comprarme todo lo que quería. Recorrí tiendas y negocios de zapatos, bijouterie, carteras, perfumerías, lencería erótica, polleras, vestidos, baby dolls, y hasta me compré una hermosa peluca castaño claro, con largas tiras de rulos que me caían por los hombros. Desde siempre he sido lo que llaman travesti de closet, un chico que se esconde para vestirse de chica y masturbarse con el resultado mismo de su creación: la imagen erótica que le devuelve el espejo. Como sucede en la mayor parte de los casos que se cuentan en relatos como este, mi exploración sexual femenina había comenzado a los doce, en el baño, con unas bombachas y un corpiño de mi mamá. Por once años había logrado sobrevivir a la culpa de lo que me pasaba y al peligro de que me descubrieran sin abandonar la chica que asomaba en mí. Si me había equilibrado un poco era porque al mismo tiempo me daba cuenta de que en el resto de mi vida era un chico normal, que gustaba con locura de las chicas y que no miraba a sus amigos como hombres. Pero las fantasías iban por otro camino. En mis escondites, a salvo de miradas acusadoras, me animaba cada vez a más, me pintaba y arreglaba y soñaba con ser descubierta in fraganti por un amigo del hermano de mi compañero de clase, y que éste me extorsionaba sexualmente para no contar mi secreto. El orgasmo en el que me abandonaba era profundo tras esas imágenes.
Pero todo esto había formado parte de mi secreto durante años y pretendía que así fuera por siempre. Nunca, nadie, entre todos los que me conocían, había sospechado ni sospecharía aquello que escondía. Y no es que no se notara en mis formas un hermoso cuerpo femenino, lo que pasa es que lo oculté a las miradas estúpidas de tanto vivo que determina quien es gay y quien no lo es.
Lo que me estaba pasando ahora era que mi soledad me conectaba con la perra que estaba en mí, en otro plano de mi realidad, o eso creía yo; o tal vez, me mentía yo. Una noche cualquiera, excitada, me depile todo el cuerpo, especialmente las piernas, toda la cola y las axilas. La suavidad de mi piel me produjo una tremenda erección. Me vestí de fantasía masculina, bien putita, con tanguita, sandalias con taco aguja, pollerita –tengo un hermoso culo- y remera de lycra ajustada. Me pinté la boca, los ojos, las uñas de rojo, me puse pulseras, anillos, collares. Caminé mirando mis piernas perfectas, mi culo parado, mientras sentía que las telas me rozaban suavemente la piel. Acabé de pie, refregándome la cola contra el palo de una silla de la cocina. Cada una de las noches de los próximos seis meses no pude evitar el dejarme llevar por el irrefrenable deseo de vestirme de puta de mil maneras, y marearme en mi propio deseo, para terminar jadeando, transpirada, empalada en distintas posiciones en un interminable e increíble orgasmo. Yo era conciente de mis excesos, conciente y seguro de que mi límite era que mis fantasías quedaran en fantasías; y que si alguien se enteraba, era mi fin; y que no tenía ningún interés en la mirada acusatoria, la risita por atrás, el cuchicheo de los que se cuentan entre sí la sexualidad de los demás. Ser puto en una sociedad machista, me aterraba. Yo estaba a salvo de ello de una manera hipócrita; solo me importaba del tema el hecho de disfrutar clandestinamente mis orgías solitarias.
Nada conectaba este mundo interno, sin embargo con mis vacaciones. El proyecto de descanso, playa, con alguna cuota de garotas, ocupaba mi preocupación respecto de ellas. Yo seguía siendo yo, a pesar de mis fantasías. Para Juan, que había tenido un año duro en la facultad, el descanso era su bien añorado, así que nos preparamos para desengancharnos de todo y un viernes salimos del aeropuerto con día nublado rumbo a Río, donde al llegar nos esperaban con las reservas de un hotel en Ipanema. El hotel estaba bien, tal como habíamos chequeado, y nos dieron una habitación doble. Al día siguiente, nos pusimos las mallas y nos fuimos directo a la playa, yo ocultando mis piernas depiladas con unas bermudas hasta la mitad de la pantorrilla, casi un pantalón, con el que me sentí ridículo el resto del día entre brasileños que gustan de estar al sol con minúsculos slips, cualquiera sea su edad y el tamaño de su barriga. La pasamos muy bien y, a la noche, despues de una cena en una vereda llena de turistas, pegamos bien con dos garotas que perseguimos en la calle, pese a Juan que se quedaba callado de puro tímido que es. Pero al rato ya estaba en onda con su chica y nos vamos para la playa con la conquista a cuestas, a charlar y ver el mar y las islas bajo la luna. Salimos los dos días siguientes con nuestras novias de verano. Ellas nos llevaron a un hotel, nosotros no teníamos idea de donde estábamos. Tuve sexo ambas noches con Loana, una hermosa morocha a la que le entendía la mitad de lo que me hablaba, con la conciencia de que a ella le pasaba lo mismo conmigo. El tercer día, las chicas se fueron de vacaciones a Bahía con promesas de escribirnos en cuanto pudieran. Me acuerdo, porque fue el mismo día en que Juan me preguntó si no quería ir a una disco con show de travestis, que iba a estar divertido, que él quería ver el Río nocturno, menos turístico, más marginal. Yo lo miraba como quien no entiende, pero me encantaba la idea; desde mi llegada no hacía sino verlos a toda hora por las calles y recordarme a mi misma desnuda en el espejo. Sin embargo, como tantas otras veces, yo había estado dispuesto a desentenderme de mi deseo, pero ahora era Juan quien me estaba invitando, y me daba a entender que no le molestaba. Pensé que, a lo mejor, hasta le gustaba. Con fingida indiferencia le dije que si, que porque no, que fueramos a ver. Y me sonrió cómplice: -A lo mejor, quien te dice-, me largó con picardía.
Entramos en una disco bastante grande, con andariveles elevados por donde bailaban unas chicas con cuerpos torneados y bronceados. Había una zona de mesas para sentarnos, pero nos avisaron que teníamos que esperar un rato en la barra. Pedimos unos tragos y nos pusimos a mirar el espectáculo. El lugar estaba lleno de gente de lo más variada, entre los cuales pululaba una fauna de travestis, transexuales, mariconas y muchos chicos jóvenes que eran unas nenas increíbles. Juan me hizo notar el culo casi al aire de nuestra camarera tailandesa. Todo me excitaba. Tomamos nuestro segundo trago y empecé a marearme un poco por lo que me dirigí al baño. Hacía un rato había observado que el local proveía de un salón de belleza, vestuario y maquillaje. Haciéndome el distraído, sin pensar, me fui acercando, curioso y cada vez más interesado. El deseo me estallaba en la cabeza. Me animé, pero al cruzar la puerta me di cuenta de que estaba saltando a otro mundo. Del otro lado me recibe un chico reafeminado que me dice que me siente, al tiempo que se me acercan dos chicas y me empiezan a maquillar de una manera tan profesional que a los veinte minutos ya no me reconocía. Estaba ardiendo y me dejaba quemar. Me saque la ropa y me dieron una tanga negra, medias negras y liguero. Con un brassier y unos globos me quedaron unas tetas chiquitas y redondas. Me puse una pollera cortita, negra, con pliegues que acentúaban mis caderas y caía, sexy, apenas una palma debajo de la curva de mi cola parada. Sobre el cuerpo me ponen una camiseta blanca, ajustada, escotada, y a la cintura un cinto ancho de tela con hebilla. Mientras me pintan las uñas y me agregan adornos, me enfundo en unas botas negras, suaves. Me veo en el espejo como nunca, tengo ganas de tocarme, de acaricarme: estoy caliente. Me pasan una pastilla que no se que es pero que al rato me provoca un efecto increíble. Salgo a un ambiente de humo y perfumes y, a lo lejos lo veo a Juan, todavía en la barra. Habla con una chica un tanto robusta y se ríe. Lo veo levantarse medio borracho y se va para una mesa con la travesti medio gorda. Yo estoy parada en una nube. Me deleito caminando vestida de chica, tan sexy como me sale; muevo levemente el culo pidiendo permiso para pasar entre las mesas. Cuando estoy llegando a él me dirige una mirada caliente, pero todavía no se da cuenta. Recién cuando me siento, su cara se transforma. –Me parece que hay cosas de mí que nunca te conté-, le digo. Y se me queda mirando un rato largo, incrédulo. –¡Qué cosa! ¡Qué increíble!, -dice- y no entiendo. Alguien se acerca, un tipo, que me invita a bailar. Me siento mirada con lascivia desde varios rincones, sensaciones nuevas me conmueven. Le doy la mano y me voy con él. Siento que Juan me mira la cola y las piernas, o quisiera que así fuera, porque no sé si es así ya que estoy de espaldas y no lo veo. Otras miradas sí las veo y me sonrío, le sonrío a todos. Un tipo se pasa la lengua por los labios, y también le sonrío. Si había decidido soltarme, en la clandestinidad de saberme desconocido en un país lejano, no iba a aflojar ahora. Así que bailo con sensualidad moviendo la cola sin pudor, lentamente, deliciosamente. Mi compañero me toma de la cintura para que yo revolee las caderas al ritmo de una salsa caliente. Mi coño se agita y el tipo me aprieta más y más. De repente una melodía romántica, sensual. El moreno me agarra de la cintura con las dos manos y me aprieta contra él; me respira en el cuello y me besa. Me da asco y lo rechazo, no quiero esto, me digo, y le dirijo una mirada suplicante a Juan que, desde lejos, me sigue viendo sin entender. Se levanta y va a mi encuentro, y yo que me despego con furia del tonto que me acosa, para quedarme de repente frente a él, excitada, caliente, feliz. Ahora es Juan quien me toma suavemente de la cintura y baila apretado a mí. Nunca hasta ese entonces había pensado en Juan como hombre, pero ahora no puedo evitarlo. Su olor me envuelve mientras un brazo firme me sostiene indefensa. Al lado de Juan yo soy un flaquito de sesenta kilos, Juan es más alto y bastante más grueso, atlético, como de ochenta. Me abandono, me rindo, me entrego, él es el que decide, yo solo me dejo llevar por esa fuerza que me atrae y que no entiendo.
De repente, el ambiente se oscurece para dar inicio al show. Nos sentamos en nuestros sillones, en la penumbra del local, y el ruido de las voces que se va apagando, hasta que una luz se enciende en el escenario iluminando las reinas travesti del lugar en un show erótico en el que las chicas se entregan a cinco gordos grandotes con pinta de motoqueros, que las van montando en sus motocicletas. Ellas frotan su culo contra ellos mientras bailan, se tocan, se besan. Siento que me acarician debajo de la falda, suavemente. Es la mano de Juan. La cabeza me gira y estoy a punto de estallar, me asalta la conciencia de que no puedo ir más allá: ¡me volví loco?!, ¿que va a pasar cuando volvamos, no era que sólo fantasías? Vuelvo en mí y saco la mano, sin darme cuenta de que es demasiado tarde. Una lengua suave me invade la boca, me lame con placer. Me dejo llevar, y le respondo de igual manera. Siento sus manos que me acarician lentamente, se detienen en mi cuello y en mis tetas, me está saboreando, chupando. Se levanta y me arrastra con fuerza. Me aflojo definitivamente y me dejo llevar entre la gente, es un flash, una serie de imágenes detenidas de risas y sexo y excesos. Ni había visto que a un costado había un pasillo que conduce a unos reservados. Un mono nos cierra el paso, pero Juan le da plata. –No entiendo nada-, le digo al entrar. -Yo tampoco-, me dice y me abraza, y me besa. Me levanta la falda y me acaricia la cola. Empiezo a gemir de placer hasta que me animo y me confieso a mi mismo que pasé el límite, que cómo puedo ser tan puto de querer cogerme a Juan, pero eso me calienta todavía más. Me da vuelta y me aferra por la cintura; no me puedo mover, siento que se acerca, tibio. Me apoya y se mueve, siento la pija dura que sube y baja lentamente entre mis nalgas. Me mojo de placer y es lo último que recuerdo antes de desmayarme.
Al día siguiente amanezco en el hotel con la sensación de un sueño raro y exótico. Me duele la cabeza y tengo un asco en el estómago que creo que voy a vomitar. Lo busco a Juan pero no está. En el baño los restos de maquillaje en mi cara me desengañan de la ilusión del sueño. No. Todo fue verdad. Estoy desesperado, espero que Juan acceda a no contar, me siento culpable. Me doy un buen baño para no pensar y cruzo a la playa en medio de ensoñaciones eróticas y recuerdos que me endurecen el sexo sin avisar.
Juan volvió como a las siete de la tarde sin decir nada. Me saludó como siempre, y no hizo comentario ninguno de lo sucedido. Quedé mas aturdido que antes. ¿Sería así nuestro pacto de silencio? ¿Hacer como si nada hubiera pasado? Me dispuse a aceptar sus reglas.
Ya de noche, como a las nueve, salimos a comer a un pequeño restó que estaba cerca del hotel. Mi compañero estaba más divertido que de costumbre y, entre risas y chistes, me pareció que me daba a entender que nada había pasado. Cuán equivocado estaba lo comprendí un rato más tarde, cuando Juan volvió a sorprenderme. De repente llamó un taxi y le dijo que nos llevara a la disco. Sin decir palabra, bajó y me agarró fuertemente de un brazo, obligándome a entrar. Me llevó hasta la puerta del making y me sonrió, cómplice. Esta vez me tardé el doble para producirme: me puse un corset negro que me modelaba la cintura y terminaba en un corpiño de raso con cintitas y me hacía una diosa; otra vez una falda corta que cae en tablas y las medias, y las ligas, y la tanga, y los aros, y las botas. Apenas salí se me acercaron dos uruguayos proponiendo fiesta; me decían cosas obscenas y me describían lo que iban a hacer conmigo. Los ignoré para buscarlo a Juan que se había esfumado. ¿Me había dejado ahí para que hiciera lo que quisiera con otros? Eso había sido. El día anterior se había arrepentido de llegar tan lejos y me proponía que me divirtiera. Sumida en mis pensamientos, tratando de decidirme a confesarme qué quería, reapareció. Tomamos varias copas mientras me miraba de arriba abajo, todavía sin entender. Me dijo: -¿Es tu primera vez en público? Le estuve contando de mi vida como una hora, mis fantasías, mi costado oculto, que era un deseo que no podía ni quería evitar. Me invita a bailar y me apreta contra él, aun más caliente que el día anterior. Me besa suave y mientras, me acaricia la cola con ambas manos. Yo lo dejo hacer, temblando de deseo. Cruzo mis brazos en su cuello mientras siento en el vientre que crece su miembro, tibio, duro. Ahora soy yo la que lo arrastra al reservado, al que entramos como dos ladrones furtivos a punto de ser descubiertos. Me abraza desde atrás, manoseándome las tetas con placer. Lo empujo hasta que se choca contra la pared. Lo masturbo lentamente con la cola pelada, de abajo a arriba, de arriba abajo. Me da vuelta y me pone de frente, su lengua me penetra la boca, mojada. Le saco la camisa de a poco, acariciándolo. Pierdo todo límite y bajo de a poquito, le abro el cinturón y le bajo el cierre. Le desnudo la pija parada y húmeda. Le paso la lengua de abajo arriba mientras con una mano lo masturbo levemente y con la otra le acaricio los huevos y la cola. Lo escucho gozar y le rodeo el glande con la boca tibia. No acaba pero un liquido levemente viscoso me humedece los labios; noto que lo pone particularmente al palo, así que me lo trago.
Me levanto y me da vuelta, siento que me apoya toda. Mete la mano y me acaricia el agujero del culo por encima de la bombacha. Las cosas me dan vueltas. Me están por coger, me están cogiendo; mi amigo Juan me está metiendo la pija en mi culo, soy puto, soy puta. Se separa, me besa el cuello y se va, empieza a buscar algo en el baño. De lejos lo observo en perspectiva, está fuerte, y yo caliente y quiero que me haga su mujer. Me agacho en la cama, en cuatro patas, mostrándole el orto, esperando la verga de Juan. Se la encrema con ambas manos, me da vuelta, me levanta la pollera y me corre la bombacha hasta que libera mis huevos. Su carne empieza a entrar suavemente; le pido que se quede quieto, que me duele un poco. Me la voy metiendo. Me atraviesa el esfínter y entra, duro, inmenso. Ahora el canal no opone resistencia y la pija entra y sale, entra y sale, sale...entra..., entra sale, y otra vez adentro..., me muero de placer. Sus huevos golpean rítmicamente contra los míos, lloro, grito, no me puedo soltar, me cogen con rudeza, me encanta. Juan está arriba mío y jadea como un perro, se convulsiona y en un gemido me inunda la cola con un chorro tibio. Grita, me acaba, pero sigue entrando y saliendo. Soy una gata caliente. Acabo en la tanga, aunque en realidad estoy acabando desde que entré a la habitación, desde que supe. Me la va sacando lentamente, me gusta, por la pierna me cae un hilo de semen que desciende de la cola. Acabo levemente, con suavidad, relajada.
No puedo evitar sentirme confundido. Juan no dice una palabra mientras se viste y nos vamos. Convengo con la recepción salir así como estoy y pasar a buscar la ropa por la mañana. Paramos un taxi, subimos. Me mira las piernas, se sonríe, me acaricia. Al llegar al hotel, para que no me vea el conserje yo subo directamente mientras Juan va por la llave. Antes de que llegue me retoco un poco la boca y los ojos frente a la puerta de nuestra habitación. Pasa un mozo que me mira la cola. Cuando entramos, Juan está taciturno, como lejano. Me miro en el espejo, me miro la cola en el espejo. Juan me mira la cola en el espejo y se levanta. Si tenía una nube se le va, pone el cuarto a media luz, y volvemos a empezar.
Me levanté tarde. Juan se había ido temprano por la mañana; pagó mi parte de la habitación y nunca más hablamos del asunto. Así debía ser. El se comportó como un caballero. A mi me encantó ese delirio de sexo con él. Y aunque me quedé solo, tenía diez días más de vacaciones, estaba en Río, y el carnaval estaba por empezar. ¿Qué más podía pedir? Después vería qué hacer.

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