| Me hice cargo de mi sobrina |
Relato por Anonimo |
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| viernes, 19 enero 2007 | |||
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El título ya adelanta los acontecimientos, sin embargo quiero relatarles esta experiencia, que dejó en mi vida una huella imborrable. Por mi actividad profesional llegué a la ciudad donde vivo, después de dos días de un curso de capacitación. Pasé por la casa de mi hermana a saludarla y me encuentro con la visita que ella tenía: una sobrina que no veíamos hace mucho. Es curioso como, desde el primer saludo y una mirada profunda entre ambos, esta sobrina que llamaré Jessi, conmovió mi adultez. Intercambiamos unas pocas palabras y salió a pasear. Al otro día partía y le ofrecí mi coche para acercarla hasta la Terminal. Ella accedió y en la despedida me dejó su e-mail. Mensaje va, mensaje viene durante tres meses, hasta que finalmente nos encontramos en su ciudad, durante mis vacaciones. Era una noche calurosa, propia de esa tierra norteña. Ese primer momento de encuentro ya es imborrable para mí. Como dos viejos conocidos y nuevos enamorados nos abrazamos y nos besamos. Sus 18 años se veían espléndidos en un pantalón crema (un capri dicen las teens), una remerita con breteles muy ajustada a su cuerpo de niña. Las sandalias que hacían juego con su encanto, coqueteaban en la alfombra del auto. Mis ojos prestaban atención a los semáforos y a la figura que llevaba a cuestas mi Polo azul neptuno polarizado. Después de cenar, charlamos largo rato caminando por el Parque y a la una de la mañana, me pareció apropiado dejarla en su casa. Partimos hacia allá, pero nos quedamos cerca antes de despedirnos. En un primer momento fue un abrazo fugaz que transmutaron en besos desesperados, intensos, soberanos, Abrí su boca inmadura con la lengua y su corazón palpitaba fuerte, la fragilidad de su esencia estaba acumulada detrás de sus orejas perfumadas. Ahí estaba yo, hambriento, enamorado, corriendo su bretel y besando sus pequeños senos. Ella suspiraba y volteaba su cabeza hacia atrás. ¿Señal de entrega?, ¿vergüenza por nuestra filialidad?. La Bersuit sonaba tenue en el stereo, cuando empecé a palpar su cuerpo tierno por encima del pantalón, primero su rodilla y sus muslos, el calorcito de su entrepierna regocijaba a la Diosa Venus. Para esto mi bulto se oprimía y reprimía desesperado. Nos acomodamos un poco y mis manos jugaban con su cadera desnuda. Ya le había bajado sus pantalones. Lo corrí hasta los tobillos y se los saqué "para que no arruguen", Jessi temblaba y yo todavía entre la euforia y el raciocinio, la recosté en el asiento trasero del coche y por encima de su tanga probé acercarme a su intimidad. Un relámpago de lujuria dejó su última prenda sobre el volante. Mi adúltera lengua recorría ese inmaculado aposento de placeres. El sabor de sus jugos, el perfume de su nidito, sus gemidos, su llanto involuntario y sus apretadas manitos en mis cabellos, me anunciaban que Jessi andaba por el Everets desafiando a escaladores, atravesando suelo selenita, navegando por los cursos de los astros y explotando en universos desconocidos... Luego, sentada con las rodillas sostenidas por sus manos, me miraba silenciosa con sus ojos rojos de sal. -Quiero ser tuya, hoy y siempre- Melodías de fuego deshacían mi razón. Sirenas cantarinas revolucionaban mi ser. Palomas blancas orbitaban en el entorno. -Vas a ser mía, hoy y siempre-. ¿Vencido o vencida?. La acosté tiernamente, nos besábamos con furia, Jessi me mordía los labios y me dolía. Su mirada denotaba una entrega fatal. En el mar de su pelo, sus ojos culminaban con mi naufragio. Doblé sus rodillas hasta casi tocar sus propios hombros, me acerqué casi caprichoso a su entrada mágica, húmeda y la sentí palpitar cual dedos sienten el pulso temporal. Ahí, mi glande hizo la primera obra: ¡explorar!, ¡gratificarse de la estrechez! y ¡frenarse ante la membrana impoluta!. Ante el avance, ella lloró, bajó un poco las piernas y me estrechó con ellas y me apretó con sus delicados brazos. Ya estaba hecho. Me quedé quieto y ella empezó a moverse sorprendentemente, cual mujer experimentada e insaciable, yo sentía todo fuego y líquido entre las piernas. Me soltó y sus manos fueron a aferrase al tapizado del coche, se arqueaba convulsionadamente, gemía y lloraba. Una y otra vez, yo entraba y salía, con la sola fantasía de sentir su estrecho camino. Su cuerpecito quedó inerte, parecía desmayada. Y yo no podía seguir así, aunque me moría por dejarla con el recuerdo de mis jugos. Me recosté a su lado, ella, pálida recobró sus sentidos. -No terminé- atiné a decir vergonzosamente. Me había preocupado que tuviera una buena iniciación, talvez Jess lo entendiera. No sé. Sus manos tocaron tímidamente mi erecto miembro, lo aprisionó, lo miró, lo sintió suyo. -Soy tuya-. Mi mano recorrió su espalda hasta la nuca para empujarla hacia un nuevo mundo, ella sonrió y abrió la boca con torpeza. La movía como una vagina. En pocos segundos, se acomodó a la situación: con la mano despejó el pene, que miró asombrada por unos instantes, su lengua recorría todo el contorno, sus labios apretaban el glande, empezó a succionar y cada segundo de su esmero era una eternidad para mí. A la luz de la luna, mis dedos jugueteaban entre sus cuevas. Ella desconocía los momentos de los hombres y la sorprendí llenándole la boca de miel. Curiosa, miraba cómo salpicaban mis últimas gotas y con su dedito índice las sacaba y se maquillaba los ojos, los labios, los senos y el cuello. -Soy tuya, hoy y siempre-. Miraba con ojos de mujer plena. Pertinencia del árbol y el sol Persistencia de la vida. Como una señal de nuestra existencia terrenal, la sirena de un patrullero pasaba a dos cuadras. Eran las cuatro de la mañana. Naza.
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muy bueno amigo !!! obviamente