| Con 40 años, me apetecia una relación con un chico joven |
| miércoles, 10 agosto 2005 | |||
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Tenemos unos amigos que residen en Canarias, una familia acomodada con buen nivel económico, tienen dos hijos, un chico de 18 maravillosos años, Arturo, y una encantadora hija de 22 espléndidos años, Alicia. El chico quiere estudiar una carrera que no es muy complicada para él, Informática y deciden mandarlo a Madrid a estudiar. Se vinieron toda la familia para buscar un piso al chico a la vez que formalizan la matrícula para que estudie. Cuando acabaron de hacer todas esas gestiones, se marcharon de nuevo a su tierra. En octubre empezaba el curso. Arturo se vino solo en el avión y nosotros fuimos a recogerle al aeropuerto. Le llevamos a nuestra casa hasta el día siguiente que se fue al apartamento que alquilaron. Durante los fines de semana el muchacho se venía a casa a dormir, comer, le lavábamos la ropa y le ayudábamos en lo que podíamos. Le recibíamos con cariño como si fuera uno más de la familia. Según transcurría el curso, las visitas cada vez eran menos frecuentes, tenía que estudiar y se quedaba en su apartamento. Durante las vacaciones escolares se marchaba a Canarias para ver a su familia y al regreso siempre le esperábamos en el aeropuerto. Durante el mes de mayo, a mediados de mes, en las fiestas de San Isidro, Arturo se quedó con nosotros, salíamos a las ferias y a visitar la feria del libro principalmente los domingos. Durante esa festividad, mi marido tuvo que marcharse inexcusablemente al trabajo por algunas cosas que le quedaron pendientes de hacer y que tenía que tener preparadas para el lunes siguiente. Arturo y yo nos quedamos solos en casa. Hacía calor y yo me puse una camiseta de las de baloncesto muy amplia y sin ropa interior como es habitual en mi. Él se puso una camiseta de tirantes parecida a la mía y un bañador. Como hacía calor, me metí en la ducha para refrescarme un poco, dejé la puerta casi abierta del todo como hago siempre, me quito la camiseta y me remojo con agua fría. Al salir me coloqué delante del espejo para quitarme un poco el agua sin llegar a secarme del todo. A través del espejo, veo a Arturo que estaba mirándome con disimulo, pero él no se percató que le había visto mirarme. Yo continué con lo que estaba haciendo, pero mas despacio para dejarle contemplar mi cuerpo desnudo. Me puse una toalla alrededor de mi cuerpo que me tapaba el pecho y un poco los muslos, ya me encargué de buscar la toalla mas pequeña que había para provocarle. Fui al salón y me senté a su lado. Charlamos durante un rato y me fui a la cocina para traer unas coca colas bien frías. Volví a sentarme a su lado y continuamos con la tertulia. Arturo se inclinó hacia la mesa para coger su bebida, momento en el que aproveché para aflojarme la toalla que llevaba puesta. Cuando se colocó nuevamente en el asiento, me incliné yo para coger mi coca cola, haciendo que la toalla se soltara lo suficiente como para dejar al aire mi lado derecho desnudo sin que se llegara a ver mi pecho. Le pedí disculpas por lo ocurrido, pero él muy caballeroso le restó importancia al hecho. Seguimos con la conversación mientras me anudaba de nuevo la toalla, pero sin apretar para que se pudiera soltar de nuevo. Estaba deseosa de que pasara algo y tenía que provocarlo, pues él no se atrevería a dar el primer paso. Saqué la conversación de parejas, novios y esas cosas, Arturo me seguía disciplinado y relajado. Llegó el momento en que me decidí y le pasé mi mano por la nuca acariciando su pelo. Le noté cohibido pero no rechazaba mis caricias y veía como el bañador aumentaba de volumen entre las piernas. Para mí, eso fue un signo de aceptación, por lo que continué con mi táctica. Me acerqué un poco más hacia él e intenté darle un beso, pero retiró la cabeza, se levantó y se fue al baño. Me quedé muy cortada. Al rato volvió y se sentó a mi lado, le pedí perdón. Me miró a los ojos y me dijo que le gustaría mucho pero Alfonso, mi marido, no se merecía que le hiciéramos eso. Le dije que no tenía por que enterarse si no queríamos que sería nuestro secreto si eso le parecía bien. Se quedó pensativo, me incliné para beber nuevamente el refresco y al echarme hacia atrás, el me dio un beso en la mejilla que me hizo sentir escalofríos. Nos miramos fijamente a los ojos y me acerqué hasta él y le besé en la boca con dulzura, como él se merecía. Mi toalla que estaba ligeramente abrochada se soltó por mi movimiento cayendo hasta la cintura dejando mis pechos desnudos a merced de sus manos. Arturo no se movía, por lo que tenía que hacer yo sola todo lo que me apetecía y le guiaba con cuidado. Le tomé de la mano y se la llevé hasta mi pecho para que se saciara de él. Poco a poco fue tomando confianza hasta que él solo hacía lo que le apetecía. Apartó la toalla de mi cintura para dejarme completamente desnuda. Metí mis manos por dentro de su camiseta para tocarle ese torso juvenil y fuerte. Subí mis manos hasta quitarle la ropa, después las bajé y le quité el bañador dejando aquel inmenso pene a merced de mis caprichos. Abrí mis piernas y me senté encima de él, no dejando que su pene entrara aún dentro de mi. Nuestros pechos juntos, nuestras bocas que no se separaban, las manos recorrían los cuerpos desinhibidos y sedientos de placer. Me giré para que se pusiera encima de mi sin separarnos ni un milímetro. Seguía besándole, le mordisqueaba sus pezones erectos, su pene encima de mi vientre expulsó un chorro de líquido seminal caliente que me produjo gran excitación. Rabioso de tan rápida eyaculación se quiso quitar pero se lo impedí sujetándole con fuerza para seguir acariciándole una y mil veces mas. Volvimos a girarnos para ponerme encima de él y en ese momento con mis manos liberé la entrada de mi vagina para meter ese pene que parecía de piedra. Me movía para arriba y para abajo para que entrara y saliera. Los movimientos cada vez más rápidos me producían un placer indescriptible, hasta llegar a mi primer orgasmo. Con la fuerza del chico me levantó amarrándome por el culo con fuerza y sin sacar su pene de mi, me apoyó sobre la pared a la vez que yo cruzaba mis piernas por su espalda, movió su miembro con velocidad sin que se saliera ni un milímetro de mi interior. A veces, muy despacio, la sacaba hasta la punta para luego empujarla con fuerza hasta dentro, al oírme gemir de placer, volvió a repetirlo una vez más. Cada vez que me oía repetía ese movimiento que tanto me gusta. La sacaba hasta la punta y la empujaba con fuerza otra vez para adentro. Me hizo llegar a varios orgasmos. Cuando volvió a repetirlo sentí un chorro inmenso de semen dentro de mi que me produjo mas placer aún. Nos quedamos abrazados en esa postura durante unos segundos hasta que Arturo terminó de vaciarse, cuando escuchamos la voz de mi marido que nos saluda. El muchacho con mas miedo que vergüenza, me soltó y se fue hacia el sofá donde se tapó con la toalla, quiso dar explicaciones con palabras que no las entendía ni él de los nervios que le entraron. No hacia mas que pedir perdón. Alfonso soltó el maletín en el suelo, me dio un beso y se encaminó hacia él, se sentó en el sofá y le invitó al chico a que le acompañara. Hablaron unos segundos y metí baza en el asunto. Me puse de rodillas ante Arturo y me metí en la boca el pene que en ese momento lo tenía flácido, mas por el miedo que por el placer que sentía. Mientras saboreaba esa golosina, Alfonso se desnudó y se colocó detrás de mi, abrió mis piernas y me la metió hasta el fondo. Nos fuimos los tres a la habitación, tumbamos a Arturo sobre la cama y me puse encima de él, volví a metermela mientras me lo comía a besos y el me tocaba una y otra vez los pechos. Alfonso se colocó detrás de mi, abrió mis nalgas y después de humedecer el agujero de mi trasero me la metió. Los dos se movieron acompasados hasta que tuvimos un orgasmo cada uno. Fue el inicio de un curso maravilloso para Arturo.
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