LA PLAYA Y LA ESPOSA DE MI AMIGO
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Relato por wvc

  
martes, 17 mayo 2005
Tenía yo como unos 21 años cuando viajé a la isla de Providencia a certificarme como buzo autónomo. Por esos días el deporte demandaba mis mayores intereses por lo que había desarrollado un buen físico.

El curso de buceo había sido una experiencia interesante, todos los participantes éramos muy amigos y muy buenos buzos. Entre esos buzos estaba Mario. El y yo habíamos tenido la misma novia al mismo tiempo durante nuestra época de Universidad, pero no existía ningún rencor ni sentimiento negativo entre nosotros. Finalmente nuestra novia compartida se había quedado conmigo, él siguió con su esposa y todo quedó en aparente orden. Su esposa se llama Patricia. Era una mujer muy hermosa, sus nalgas eran perfectamente redondas, sus senos eran pequeños y bien formados, tenía una mirada pícara, era muy blanca pero tenía la voluptuosidad de las negras y la picardía de las indias. Era una mujer muy recorrida y descomplicada. Ella no era muy amiga mía, pero a raíz de que su esposo era novio de mi novia, nos hicimos amigos. Ella y yo estábamos entre los mejores buzos del grupo y trabajábamos juntos en las clases. Mario no estaba en ese grupo, es más, a veces tenía que realizar un gran esfuerzo para no ahogarse. Las clases pasaron y terminamos teniendo una muy buena relación de buzos. Debajo del agua la comunicación es con gestos y cada gesto era entendido por el otro, cada movimiento era conocido sin necesidad de estar alerta, hablábamos con la mirada y sin embargo cada uno estaba en su mundo subacuático. No puedo negar que la admiraba y me comenzó a gustar. Le miraba sus nalgas con un poco de timidez al principio y con lujuria a medida que los días pasaban. Ella no se incomodaba en lo más mínimo y su picardía era cada vez más sutil. Pero finalizada la clase ella continuaba su rumbo con su esposo y yo seguía mi solitaria ruta. Nunca se volvió a tocar el tema de las antiguas relaciones infieles, aunque en el fondo ella y yo conservábamos algo de rencor por el comportamiento de nuestras parejas. Partimos hacia Providencia. Mario y su esposa tomaron el viaje como una reconciliación y una segunda luna de miel. Para mí el viaje era la primera experiencia en el mar como buzo autónomo (con tanque). Mi mayor deseo era conocer el transparente mar de Providencia, sus arrecifes de coral, su naturaleza. Partí desprevenido de todo sentimiento negativo y con el propósito de disfrutar la vida y la juventud en el mar. Y fue en el mar. Llegamos a Providencia a medio día y Ricardo, el instructor, separó los grupos. En buceo todo se hace por parejas. Lógicamente Mario y Patricia eran pareja, había otras parejas de novios que también bucearon juntos. Yo como estaba solo, me hice con un señor muy agradable. Las habitaciones también debían compartirse, las parejas se hicieron en habitaciones dobles y los que no estábamos emparejados en una habitación aparte. El mismo día por la tarde entramos al mar por primera vez. Mario casi se ahoga y tuvo que subir a la superficie al poco tiempo de empezar la inmersión. Lógicamente el instructor lo acompañó. En vista de que Patricia se quedó sin pareja, se unió a mí y a mi compañero. Después de unos 10 minutos mi compañero subió a la superficie y Patricia y yo quedamos juntos…… Yo la mire a su cara y le sonreí. Le escribí en una tabla que me agradaba mucho bucear con ella. Ella me correspondió el mensaje. Esa inmersión fue muy agradable. En la superficie, media hora después nos encontramos con Mario temblando de frío. Yo me fui para mi habitación y Patricia con su esposo. A partir de esa inmersión el instructor no desamparó a Mario. Reasignaron las parejas y a Patricia y mí nos colocaron juntos. Disfrutamos mucho el mar. Mario cuando no estaba ahogado se nos unía y lo recibíamos muy amablemente, al fin y al cabo ellos estaban de luna de miel. Pero nuestras miradas cada vez se cruzaban más y por más tiempo, cada vez nos entendíamos mejor debajo del agua, cada vez le veía las tetas mas grandes y me gustaba más. Sin embargo yo sabía que nada podía pasar, es mas, no me interesaban los conflictos, podían estropear la experiencia del buceo. En las tardes, cuando la luz del sol se extinguía y finalizaba el buceo, salíamos a caminar por la isla. Las parejas salían juntas, los solteros armábamos un grupo a parte. Algunas veces salíamos todos juntos. Un día salimos a comer langosta y caracoles. La comida continuó con algunas cervezas, la noche era clara y joven, el buceo de la tarde había dejado en nosotros un ambiente de paz y éxtasis que se reflejaba en el buen humor. Los chistes, las risas y los comentarios no se hicieron esperar. Continuamos con un licor de coco hecho por los nativos. A las 10 de la noche todos estábamos más que alegres, pero no ebrios. Salimos del lugar después de haber provocado el disgusto de la propietaria por pedir cuentas separadas. Algunas parejas cogieron rumbos independientes, la noche era tibia, nosotros éramos los únicos turistas y por eso las playas eran paraísos de islas perdidas. Con el resto del grupo continuamos caminando por las playas iluminadas por la luna como el sol en un atardecer, solo los cangrejos nos acompañaban en nuestra alegre caminata. Poco a poco otras parejas se rezagaban para contemplar solos el mar o contemplar solos su amor. El grupo se fue tornando cada vez más silencioso hasta que solo se escuchó el sonido tímido del mar tranquilo, el chapoteo de algún pez enamorado y el cantar de los grillos. Continuamos caminando por varios minutos hasta que el grupo fue muy reducido y se detuvo en una hermosa playa. Mario y Patricia decidieron seguir caminando y para sorpresa mía, me invitaron a que los acompañara. No sé por qué me invitaron y mucho menos por qué acepté. Caminamos en silencio por mucho tiempo. Patricia rompió el silencio con una alabanza a la noche. Mario se unió a al festejo y nos invitó a detenernos para mirar las estrellas acostados en la playa. Nos pareció buena idea y nos sentamos en la arena. A pocos metros del lugar había unas rocas no muy altas que subí rápidamente. Me senté a mirar en el horizonte la luna que se moría cobijada por rosadas nubes. Mi experiencia era casi mística y solitaria. Mario y Patricia conversaban en la playa. Todo era muy tranquilo y hermoso. El día ya era otro cuando Mario y Patricia se quitaron la ropa y me invitaron al mar. La luna iluminaba sus cuerpos desnudos y serenos. Patricia era una mujer de cuerpo perfecto pero la luna pronunciaba mas su belleza. Las curvas de sus pequeños senos formaban contrastes de sombras en su piel blanca, sus nalgas perfectas temblaban con cada paso, su sexo apenas podía distinguirse en la penumbra. Su cabello cubría la espalda. Desde la orilla del mar me llamó para que los acompañara. La luna estaba detrás suyo y solo veía su sombras desnuda, resplandeciente. Aun no recuerdo qué veía y qué me imaginaba. Estaba tan estupefacto que no había lugar a excitarme. Bajé de la pequeña roca, me quité la ropa tímidamente pero con prisa. Comenzaba a notarse mi excitación y la luna me iluminaba de frente. Tenía una sensación muy confusa: timidez, impresión, lujuria, emoción, excitación. Todo eso junto me produjo una corriente circulante de adrenalina. Entré al mar un poco alejado de la pareja, pero no demoraron mucho en llamarme. Me acerque lentamente. El agua me daba en el abdomen, a Mario debajo de las tetillas y a Patricia un poco debajo del cuello. Yo doblé un poco mis piernas para quedar al mismo nivel y empezamos a conversar amigablemente. El mar estaba muy tranquilo y no había mucho oleaje, pero suficiente para dejar al descubierto la parte superior de los senos de Patricia cada cierto tiempo, la luna iluminaba el resto en el transparente mar. Yo no podía impedir que mi mirada estuviera mucho más tiempo en Patricia que en cualquier otro lado. A Mario poco le importaba, de pronto lo disfrutaba. Hablamos de la naturaleza, del mar, del amor, de las sensaciones. No recuerdo casi nada por que mi pensamiento estaba en Patricia. La luna terminó de ocultarse en el horizonte y solo quedaron las luces de las estrellas y la de los senos de Patricia. Yo cada vez me calentaba más. Pero tanto tiempo en el agua producía frío y era necesario nadar un poco de vez en cuando. Cuando Patricia nadaba, su cuerpo sobresalía del agua y por su espalda atlética rodaba agua que emitía destellos. Nos turnábamos la ida a nadar, pero cada vez que alguno regresaba, se cerraba mas el círculo. La marea bajó un poco y los senos de Patricia definitivamente quedaron al descubierto. Estaba oscuro, pero a la vez mucho mas cerca. La cercanía me llamaba a tocarla, estaba prácticamente a mi alcance. No pude soportar el llamado del instinto y deslicé un pie sobre la arena hasta alcanzar el suyo. Hace rato estábamos muy cerca y pensé que podía parecer accidental, pues solo fue un leve roce. Retiré mi pie que solo rozaba el suyo y la miré. Ella no se inmutó. Mario continuaba un monólogo de no sé que tema, ya mi mente estaba en otra parte. Yo necesitaba una respuesta afirmativa o negativa. Volví a rozarla, pero esta vez con la absoluta certeza de que era intencional. Ella sonrió casi imperceptiblemente y me miró lateralmente mientras su esposo continuaba la disertación sobre los dioses del Olimpo. Afortunadamente son muchos los dioses del Olimpo. Su sonrisa fue la firma de la complicidad. Ya sabía que todo lo que yo sentía ella también lo sentía y que los dos estábamos que explotábamos de lujuria. Yo nunca tomé la palabra, de todos modos no creo que me hubieran salido sonidos, de pronto gemidos. De vez en cuando me reía para desahogar la ansiedad. Ahora la situación era mas crítica. Sabia que ella era cómplice, pero mis manos no podían ir mas allá de donde estaban. Rocé nuevamente sus pies y ella me correspondió con los suyos. Iniciamos una apasionada caricia de pies debajo del agua mientras escuchábamos las odiseas del Olimpo. Yo comenzaba a sentirme Poseidón. Las caricias ya fueron definitivamente correspondidas y necesitaba explorar otros terrenos. Mis pies subieron por sus suaves pantorrillas. Ahí estuvieron otro rato descubriendo cada pliegue de su piel. La dibujaba con el pensamiento. Sus pies también realizaban un mapa de mis piernas. Cada centímetro ganado era un kilómetro de excitación. La madrugada todavía demoraba en llegar y había tiempo para nosotros. Mario sintió frío y salió a nadar un poco. Pensé que nos íbamos a decir mil cosas aprovechando que no estaba su esposo, pero nuestro lenguaje era solo corporal. Solo una sonrisa se escapó simultáneamente de nuestros labios y nuestras miradas se perdieron en los ojos del otro. Cuando hablamos, solo pronunciamos palabras tímidas intrascendentes, superfluas que no tenían nada que ver con lo que pasaba debajo del agua. Mario regresó, pero en ese momento el ya no existía para nosotros. Mis pies continuaron aproximándose a la superficie, buscando nuevas texturas, nuevas experiencias y sensaciones. Sus pies subían al mismo ritmo que los míos, los dos teníamos la misma iniciativa, el mismo sentimiento, la misma excitación. Llegamos a los muslos donde las caricias fueron mas profundas, en algunos momentos podría decir que bruscas. Sus fuertes piernas necesitaban caricias profundas. Empezamos con la parte exterior de los muslos, ya no necesitábamos mirarnos, ni sonreírnos, era una danza de una pareja que parecía que siempre hubiera bailado junta. El frío debía estarnos matando, pero no nos dábamos cuenta, nunca salimos mas a nadar. Nos acercamos un poco más. Mi pie comenzó a girar hacia la parte interna de sus muslos, ella se cogió el cabello y se estremeció. Para disimular dijo que tenía un poco de frío. Yo dije lo mismo, pero no nos movimos un centímetro. Mi pie subió un poco más y entonces toqué sus delicados bellos. Ella me correspondió con tiernos masajes en el mismo sitio. Subí un poco mas y apreté su clítoris suavemente. Es la única vez que he querido tener las manos en los pies. Ella no se intimidó y me acarició intensamente el pene que en esos momentos estaba muy tieso. Dibujamos círculos, presiones, roces, pellizcos. Sin embargo la conversación seguía. Teníamos que seguir conversando a pesar de lo que pasaba debajo del agua. La situación se estaba tornando insoportable, insoportablemente excitante, insoportablemente impotente, insoportablemente lujuriosa, insoportablemente emocionante. Que frío tan hijueputa. Que calor tan hijueputa. Como todo deseo, cada vez se necesita más y más. Continuamos acariciándonos desde la punta de los pies hasta el ombligo, algunas veces con ternura, otras con pasión, pero siempre de acuerdo, respirábamos al mismo tiempo, nuestro corazón latía acompasadamente y nuestras mentes se comunicaban telepáticamente. Conocí cada rincón de sus piernas, conté todos sus bellos que estaban debajo del agua, palpé el largo de sus uñas, las cicatrices infantiles de sus rodillas, las imperfecciones de la perfecta redondez de sus nalgas, el calor de su clítoris, la humedad de su deseo que se diferenciaba del frío del mar. Con el tiempo los roces se apaciguaron y fueron más intensos, como los amores otoñales. Las sensaciones pasaron de la piel al alma. El deseo había dejado lugar al éxtasis contemplativo de la paz. Ya ni siquiera el mar existía para nosotros, por que si hubiera existido nos hubiéramos congelado. Sentía la paz del orgasmo, el amor del anciano. En esta isla la primera luz es muy temprana. La luz con la que se despidió la luna nos sorprendió en la mañana. El amanecer se convertía en el ocaso de nuestro amor……………. Una alborada nos alcanzó para conocernos a través de nuestras caricias. En mis pies quedó dibujado su cuerpo y su alma. La sensualidad superó al amor o se transformó en Él, por que puedo asegurar que la amé intensamente. La sentí como parte de mí, la amé como a mi propio ser, en mi corazón conservó su recuerdo imborrable. Nunca le di un beso, nunca le estreché una mano, nunca la abracé, nunca le dije una palabra de amor, solo la amé, la amé debajo del agua. Después de la primera noche en el mar, los tres seguimos frecuentando diferentes playas y paisajes. La luna siempre nos luminaba hasta las 3 de la madrugada y las estrellas hasta el amanecer. El ímpetu de la primera noche había cesado y ahora disfrutábamos el arte de la conversación. Permanecíamos desnudos en el mar conversando muy amigablemente. Patricia y yo continuábamos acariciándonos y lo hacíamos durante toda la conversación, pero cada vez era más natural y tranquilo. Era como estar cogidos de la mano. Ya reconocíamos toda nuestra geografía, las reacciones del otro, sus zonas más erógenas. Nunca habíamos hablado del tema. Una noche Mario se cansó del frío y la conversación estaba monótona cuando llegaron algunos nativos a compartir con nosotros. Gente muy tranquila y especial. No se inmutaron por nuestra desnudez, ni por ser tres. Mario salió del mar y se fue con ellos a fumar un poco de marihuana. Permanecí en el mar con Patricia. Mario se alejó mas hasta un kiosko donde sonaba música Regaee y fumaban marihuana. A pesar de la apariencia, era un ambiente muy sano y agradable. Patricia y yo estábamos solos pero alcanzábamos a ver a Mario en la lejanía. Podíamos expresar todas nuestras caricias reprimidas, podíamos emplear nuestras manos, nuestras bocas, hacer el amor, compartir nuestros sentimientos y sensaciones de los anteriores días. Pero no fue así. Continuamos conversando como amigos. Aunque su hermoso cuerpo me atraía cada vez mas, y lo miraba permanentemente, disfrutamos otra hermosa experiencia. Hablamos de nosotros, de nuestras vidas, de mi novia que había sido su rival, de su esposo, que es ahora mi rival, de sus gustos. No dejamos de acariciarnos suavemente. A medida que pasaba la noche sentía que la conocía desde hace mucho tiempo. Mario no regresó. Aún estábamos dentro del mar cuando de pronto estuvimos en silencio y nuestras miradas se fijaron. Descubrí que sus ojos eran hermosos. No por su color, por que la luz era muy tenue, por la paz de su mirada. No sentíamos ningún temor de permanecer mirándonos por varios minutos. Dejamos de acariciarnos y pusimos los pies sobre la arena sin dejarnos de mirar. Por primera vez yo estaba en un plano diferente. La miraba desde arriba con otra perspectiva. La sentía más frágil. Llegó a mi pensamiento el significado de lo que estaba haciendo. Recordé que era su luna de miel y recordé que me encantaba. Comenzaba a racionalizar la experiencia. Antes de que eso sucediera por completo nos acercamos en silencio, con la mirada fija. Los pasos en el mar son más lentos aun. Se siente el agua correr por la piel. Adelantamos muy lentamente nuestras manos sobre la superficie del agua hasta que se juntaron. Entrelazamos los dedos fuertemente. Cerré mis ojos y nuevamente flexioné mis piernas. Me acerqué a Patricia hasta sentir su respiración. Un poco después sentí sus pezones en mi piel. No había una sola palabra que decir, no era necesario. El agua hervía debajo nuestro. Finalmente nos abrazamos intensamente. Apreté mi pene sobre ella y nos besamos delicadamente. No sé cuanto tiempo pasó. Ni siquiera el agua se movía. Nos besamos en los labios suavemente. ¡Es hora de irnos!. Ninguno lo pronunció pero retumbó en nuestras mentes. Y fuimos por Mario. Un poco de marihuana no caía mal para hacer empatía con los nativos. La música era suave, el baile lento y expresivo. Mario estaba feliz. Me dijo que no le importaba que yo hubiera hecho el amor con su esposa en el mar. Es mas, me felicitó. Yo no le hice el amor, o por lo menos no la penetré, pero no lo contradije. No le dije nada, simplemente me sonreí con timidez y le recibí el cigarrillo con un abrazo lateral. Me impresionó la actitud de Mario. Era sincera. El no era marica, ni frío. Quería a su esposa y quería tener una buena relación. Pero era inteligente y evolucionado. Entendía que las experiencias no se pueden castrar y por el mismo amor que le tenía a su esposa, le daba la libertad para ser feliz, ser ella, muchas veces junto a él, pero esa noche junto a mí. Era increíble. Todo se salía de la lógica de nuestras costumbres. Una pareja en luna de miel, un intruso que le hace el amor a la novia, el esposo felicita al amante, le da un beso a la novia en la mejilla de premio y todos están felices, aunque la verdad es que el intruso no le hace el amor a la novia. Reggae, un poco de marihuana, música, buceo. Yo no podía creer que era protagonista de esa novela. Con Patricia y Mario todo parecía que había finalizado. Una noche mas de rumba con todo el grupo, al otro día iríamos a San Andrés. Dormiríamos una noche de paso y todo regresaría a la normalidad. No pensaba buscar a Patricia en Cali. Era demasiado enredado para mi manera de ser. Era jugar con una bomba atómica. Así sería la conclusión del viaje, pero la historia fue diferente Regresamos a San Andrés en horas de la tarde, el vuelo estaba completo y tenía problemas de sobrepeso por lo cual algunas maletas no viajaron. Para esa noche se redistribuyeron las personas en las habitaciones del hotel. Las parejas adicionales que se habían formado en Providencia fueron respetadas. Había un compromiso tácito de que lo que sucediera en el paseo, en el paseo se quedaba y había que aprovechar la última noche. Aparentemente yo no tenía pareja, pero misteriosamente me asignaron la misma habitación de Patricia y Mario. Yo no lo podía creer, ahí si me dio arrechera y ganas de todo, pero ya no íbamos a estar solos. El hecho de saber que ella dormiría a pocos metros de mí me producía fantasías espectaculares. Sin embargo yo sabía que todo no pasaba de fantasías. El avión aterrizó en San Andrés, recogí mi equipaje y esperé a Patricia y a Mario para coger el taxi al hotel. Patricia llegó sola y sin maletas y me dijo: Nuestras maletas llegan en el próximo vuelo, Mario las va a esperar, vamos acomodándonos en el hotel mientras él llega. Sudé frío. Parecía que todos se hubieran puesto de acuerdo. Decidí no perder tiempo en preguntas pendejas, cogí el primer taxi, metí mis maletas como pude y listo, al hotel. La excitación era tremenda, mi mirada nerviosa, mis palabras temblorosas, mis manos secas y frías. Antes de llegar al hotel yo la miré y me di cuenta que estaba igual que yo. Nos registramos lo más rápido que pudimos, y nos fuimos para la habitación. Yo llevaba las llaves y cuando llegué no podía abrir la puerta, ella me ayudó, entramos las maletas a patadas y cerramos rápidamente la puerta, ella entró primero, cuando yo estaba cerrando la puerta mi otra mano estaba en sus senos. La besé fuertemente mientras la abrazaba bruscamente, ella no era más delicada. No recuerdo como me quité la ropa. Había una cama espectacular al frente de la puerta y un pequeño sofá a nuestro lado. El amor no dio tiempo de llegar a la cama. Nos deslizamos hacia el sofá sin dejarnos de besar, en ese momento ella estaba más desnuda que yo. Cuando su espalda tocó el sofá yo estaba ya encima de ella, le metí toda mi polla sin pausa, hasta el fondo. Estaba espléndidamente húmeda y tibia, sus senos erectos, sus pezones arrugaditos y rojitos. Me corría una sensación por la espalda que daba la vuelta y me estremecía. No duré mucho tiempo en esa faena y es que no podía ser así por que hubiera muerto. La sensación pasó de la espalda a todo mi cuerpo y comenzó a bajar a la polla. Por un solo instante pensé y me retiré. El chorro de semen fue monumental. Mojé su cara que sudaba y las últimas gotas bañaron sus senos y su abdomen. Había ido al cielo y regresado vivo o de pronto al mismo infierno, pero estaba seguro que me había ido de este mundo. Nos abrazamos cariñosamente, nos bañamos para esperar a su esposo y mi amigo y claro, salir a rumbear en San Andrés, los tres junticos.

wvc 2005 copyright

Comentario[s]
muy exitante
Escrito por Invitado el 2007-10-27 18:47:41
ME ENCANTO EL RELATO. A VECES LA ATRACCION NO SE PUEDE EVITAR A MI ME PASO UNA VEZ AUNQUE NO TUVE LA SUERTE DE LLEGAR A HACER EL AMOR CON EL

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